Todos, tentados por los demonios de una vida de poderes absolutos, placeres y riqueza, mucha riqueza. Es la sostenida corrupción de una parte importante de la sociedad en sus más variadas esferas: su clase profesional, técnica y de servicios. ¿Qué motivo pudo haber tenido un economista brillante -por decir lo menos- como Tobías Nóbrega para considerar que su mayor contribución a la estabilización macroeconómica de Venezuela consistía en adueñarse de los fondos de la reserva monetaria y salir huyendo a Europa? ¿Qué será de la vida de Nelson Merentes, quien solía ser un aplicado profesor e investigador de las matemáticas puras? ¿Y cómo es que eminentes lectores de Freud, Jung y Lacan pueden terminar, el uno, violando o asesinando a sus pacientes, y el otro, haciendo malabarismos con los resultados electorales, avalando el asesinato o la prisión y tortura de jóvenes universitarios, permitiendo la ruina -y, hay que decirlo de una vez-, el homicidio de la institución universitaria que lo acogió en su regazo, lo mantuvo y lo formó del modo más generoso y espléndido? ¿Cómo es que un ministro de la Defensa puede fracturarle la columna vertebral a la institución armada que lo formó y promovió hasta convertirlo en su cabeza principal?
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