Dentro de ese imaginario el mes de febrero tiene un papel muy especial. En su festival de mentiras Chávez rebautizó dos fechas como puntos iniciales de su desastrosa revolución socialista: el 4 de febrero y el 27 de febrero.
El 27 de febrero de 1989 se produjeron en la periferia de Caracas disturbios sociales que decantaron en una jornada de saqueos a comercios. ¿El motivo? El entonces Presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, había intentado dar comienzo a un paquete de reformas en el campo económico, sincerando el costo del combustible y las tarifas de los servicios básicos (hasta entonces fijados a un costo que producía enormes pérdidas anuales para el Estado). La narrativa oficial y la versión histórica dominante nos hablan de que esas medidas acusaron recibo en el pueblo llano, que en primera instancia se reveló contra el aumento del costo del boleto del transporte público, desatando los demonios de lo que luego se iba a denominar comúnmente como “El Caracazo”.
Chávez fue más allá, al señalar que “El Caracazo’ fue la chispa que encendió el motor de la Revolución Bolivariana” y que definitivamente ese día él, junto a otros, terminaron de tomar la decisión de hacerse con el poder en Venezuela para producir transformaciones dentro de su sistema político. El Expresidente venezolano nunca perdió ocasión de celebrar y justificar la revuelta, arguyendo que ese día el pueblo había despertado de un largo letargo de opresión. De este modo el Teniente Coronel –que luego se consagraría como golpista– dotaba de coordenadas iniciales a la justificación de su religión: el chavismo y la Revolución Bolivariana.
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